Identidades

Fotos carnet, de Juan Mildenberger

Hubo un tiempo en que le daba mucha más importancia a mi identidad que a mi documentación, aunque raramente controlaba el paradero de ninguna de las dos. Siempre andaba buscando la primera y siempre andaba perdiendo la segunda. Y aunque me obsesionaba saber quién era yo, no poder demostrárselo a un guardia urbano apenas me parecía un pequeño contratiempo.

Lo perdía todo en todas partes, la cartera también. En ocasiones me la chorizaban por confiada, por morrearme con alguien en una discoteca o sobre la hierba de un parque y perder el mundo de vista. El mundo y mis pertenencias, claro. Otras veces, las más, yo misma la olvidaba en una cabina, en un banco del metro, en la mesa de un bar.

No me preocupaba en absoluto. Pasado el apuro de reunir calderilla para volver a casa, todo lo demás era secundario. No había fotos de familia ni tarjetas que anular. El carnet de la biblioteca, tal vez. Y el de identidad, claro. Pero eso no corría prisa. Anduve medio indocumentada desde el verano del 93 hasta mediados del 95. Hice la selectividad gracias al pasaporte. Otras veces olvidaba el carnet en casa o dejaba que caducara. A mí se me caduca todo constantemente: los yogures, la ITV… el DNI no podía ser menos.

Todo eso cambió hace dos semanas, cuando volvieron a robarme el monedero. Digo que me lo robaron porque la otra opción (que se me cayera del bolso) me deja en peor lugar. A fin de cuentas jamás sabremos la verdad, ¿por qué no daros la versión más favorecedora? Sólo sé que salí de un restaurante, me despedí de una amiga, subí a un taxi y al llegar a mi destino me las vi y me las deseé para convencer al conductor de que no pretendía estafarle.

Cuatro amigos, de Juan MildenbergerA partir de ahí todo fueron inconvenientes. Volví sobre mis pasos, busqué por todas partes, pedí dinero a mi amiga, quedé en paz con el taxista, anulé las tarjetas y me convertí, de repente, en una indigente funcional. Necesitaba ir al súper y no tenía con qué. Necesitaba conducir, pero para pedir un duplicado del carnet es preciso identificarse. Tenía por delante varios trámites urgentes y ninguno era posible sin el DNI. Mi viejo pasaporte estaba caducado. No me quedaba más remedio que hacerme cuanto antes con el resguardo.

Llamé a un 902. Me dieron hora para el mes siguiente. “¿Y el resguardo?” “No hay resguardo.” “¿Cómo que no hay resguardo?” “Ya no lo damos, el DNI electrónico se hace al instante, pero tiene que esperar a la fecha convenida.” Un mes entero sin papeles. Adiós subvención, adiós declaración trimestral. La Administración era un tren en marcha y yo me había quedado en el andén. En aquel momento mi voz se volvió tan desesperada que logré algo con lo que Josef K. no se habría atrevido a soñar: ablandar a un funcionario. “De acuerdo, está bien, venga mañana a las nueve y pregunte por mí”.

Por primera vez en mi vida me tomé el ritual en serio. Hasta me maquillé para la foto. Salí de comisaría aferrada a aquel trozo de plástico y entré en una tienda cara para celebrarlo. Me compré un monedero de persona respetable, la clase de objeto impoluto que sacaría del bolso una de esas mujeres que nunca pierden nada, ni mezclan los billetes con tickets arrugados, ni dejan que les roben sin enterarse, ni tiran los yogures a la basura, ni pasan la ITV con retraso, ni van indocumentadas por ahí. Un carnet nuevo para una nueva identidad.

Dos días más tarde descubrí algo húmedo al hurgar en el bolso. Un paquete de toallitas mal cerrado había arruinado mi flamante monedero de piel. Ahora parece tan usado como el viejo. Por más que me duela admitirlo, algunas personas no sabemos cambiar.


Las dos pinturas que ilustran este post se titulan Fotos carnet y Cuatro amigos. Ambas son cortesía de Juan Mildenberger. Podéis ver otras obras suyas aquí, en su galería de Flickr. Gracias, Juan.



6 Respuestas a “Identidades”


  1. 1 Mameluco 20 abril, 2009 a las 1:41 am

    Que grata sorpresa la vuelta de la indocumentada temporal.
    Es una alegría verla por aquí.
    La identidad es una cosa muy suya. La eterna búsqueda y al final encontramos cosas que son un poco tremebundas. Bueno, según casos.
    Yo estuve indocumentado del año 1998 al 2007. 9 años sin renovar el carnet de identidad. ¿Para que renovar una cosa que es solo mía, mi tesoro? Así acabé la carrera y me presente a miles de exámenes. Como carezco de dinero no tengo tarjeta de crédito propia. En mi tarjeta pone Francisco Román Morales Basurte. ¡Que raro todo! Es mi padre. No tengo cuenta propia tampoco. Total, no tengo un duro. Y cuando consigo algo lo meto en una caja de madera.
    Pero claro, yo soy un vulgar parásito de la sociedad. No tengo obligaciones. No tengo trabajo. Y me estoy con mis 32 añazos sacando el carnet de conducir.
    Volviendo a lo de las identidades yo es que también me confundo porque soy dos en uno. Miguel y Mameluco. Son tan parecidos… pero sin embargo son diferentes. Mameluco es un ser creado para salir de la depresión, pero ahora se ha implicado tanto en mi vida que también coge bajonas.
    Es todo tan raro en este mundo en el que todos somos números…

  2. 2 Ana Chévere 20 abril, 2009 a las 2:52 am

    En caso de ser un parásito, Mameluco, es usted cualquier cosa menos un parásito vulgar. De eso estoy segura. No se parece nada a los parásitos corrientes, así que, como mínimo, será usted un raro ejemplar de parásito. Y en zoología lo raro es sinónimo de valioso ;-)

    En cuanto a la persona y el personaje… ¡uf! Yo también tendría problemas para explicar dónde termina Ana y dónde empieza la Chévere. No es que las confunda, no, es sólo que se pisan el terreno una a otra constantemente.

  3. 3 Lumen_Dei 20 abril, 2009 a las 9:33 am

    Creo que K. se apellidaba así porque el autor del libro no se decidió a ponerle su propio apellido, que de todos modos comienza con la misma letra. Pero la manera en que se narran las vicisitudes de ese personaje hace pensar que Franz debió de padecer bien directamente y en sus carnes las impresiones de la sociedad moderna, en la que cosas como las credenciales dicen más sobre nosotros, que nuestra propia persona.

    Hace unos meses perdí la lleve de mi coche, y me enteré de que ahora ya no hay que pagar seis lerus para que te hagan una copia en la zapatería de la esquina, no quiá; las llaves de los coches de ahora, no son como las de antes: para hacer una copia hay que ir al concesionario previa petición de hora, encargarla, esperar a su llegada (de la llave), y tras la recepción, acudir de nuevo para que sea programada, y entonces pagar los casi doscientos euros que vale todo El Proceso.

    Paca Gasen

  4. 4 Claudia 28 mayo, 2009 a las 9:33 pm

    Hola Ana:
    Para cuando publiques una novela, por favor avisa. Un gusto “leerte” nuevamente.

  5. 5 Píramo 15 octubre, 2009 a las 11:27 am

    Qué pena, sí, que nuestra identidad quede cautiva en un trozo de cartón. Afortunadamente se trata de nuestra identidad social; la otra, la de verdad, está libre de tales corsés. Parte de la suya, Ana, es este blog por el que la felicito. Por cierto, me ha hecho sonreír la idea de que una de las tarjetas que quizás deba anular sea la de la biblioteca. Buen síntoma. Gracias por sus comentarios en mi blog. La animo a pasarse cuando lo desee, igual que, a buen seguro, haré yo en el suyo. Saludos.

  6. 6 Julio 19 octubre, 2009 a las 1:34 am

    Así que Ana y la Chévere son dos personas diferentes. El tema no es, digo para mí mismo, conocer mi identidad, sino saber que tengo, porque no tengo una sino varias, y se me suplantan unas con otras, de tal forma que a veces creo que no quiero saber cuál es la originaria.

    Besos, un artículo muy bien escrito y original. Palabra de… mi identidad. ^_^


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