El último autobús

El autobús es tan pequeño que mi abuela se habría negado a subir. Doña Gerar inventó la clase business mucho antes de que a nadie le hiciera falta. Era capaz de pagar dos y hasta tres billetes con tal de tener una hilera de asientos para ella sola, y los usaba todos a la vez. Se tumbaba de través, se aferraba al bolso y dedicaba el trayecto a marearse concienzudamente en cada curva, por más biodraminas que llevara en el cuerpo.

Mi abuela no le veía sentido a cambiar de lugar cuando ya se ha encontrado uno razonablemente cómodo. Para ver mundo ya tenía la tele. Y yo, que crecí creyéndome nómada, me he ido volviendo plantita. Lanzo una raíz aquí y otra allá como Spiderman sus telarañas: para no caerme, para no saltar sin red. No salgo de casa sin móvil, jamás voy a ninguna parte de donde no sepa volver.

Tampoco suelo arriesgarme a perder el último bus, pero esta noche ni yo soy yo, ni el autobús es un autobús, sino una furgoneta de doce plazas con el logotipo de la compañía. El conductor parece tan pálido a la luz de la farola y me invita a entrar con un gesto tan íntimo que me hace pensar en Caronte. Miro con aprensión a los tipos que se apretujan en la parte de atrás, pero no tienen pinta de celebrar su propio funeral, ni yo tengo otro modo de volver a casa a estas horas, así que espero a que el chófer retire una revista y dos botellas de agua del asiento del copiloto, el único libre, y quedo embutida entre el cambio de marchas y una señora que va echando cabezadas en mi hombro.

– ¿Coges éste a menudo? -pregunta el conductor.
– No.
– Yo tampoco. Yo siempre ando fuera, p’arriba y p’abajo. No me gusta llevar línea. Si tuviera que llevar línea cada día, cambiaría de oficio. Si no es como hoy, que se ha puesto un compañero enfermo, a mí no me hagas repetir la misma ruta todo el día. A mí envíame un día a Praga, otro a Bruselas, cuanto más lejos mejor. No es por hacer turismo, no creas. Cuando has estado una vez, la segunda pierde emoción, y al final todos los sitios te parecen iguales. Pero de todos modos lo prefiero. Yo empecé en esto en Tenerife, cuando fui a hacer la mili. Por las tardes tenía permiso y me contrataban los hoteles. Después me quedé un tiempo. Me pagaban bien, pero no soportaba que la isla se acabara en 100 kilómetros.

De repente me da una envidia enorme su claustrofobia.

– Así que volví, pero un verano fui dos semanas a México de vacaciones y me quedé diez meses. Me dieron trabajo, ya ves. Aquello es muy distinto, las carreteras, todo. Luego me entró morriña y les engañé, les dije que venía a España de visita y no volví. Y aquí otra vez, hasta que me canse. Bueno, por fin, ya estamos, ya acabé el turno.

Finjo buscar algo en el bolso mientras se apean los demás pasajeros, y cuando ya no queda nadie me oigo decir:

– Vamos a Praga. O a Bruselas. Te acompaño.

El hombre se ríe. Lleva un empaste dorado.

– Pero niña, es muy tarde ya para ir tan lejos. Si quieres te llevo a un mirador tranquilo que conozco por aquí…

Farfullo cualquier cosa, recojo el bolso, bajo de un salto. Enciendo un cigarro y me regaño por creerme que la vida puede ser una road movie. Te lo dije, repite la abuela que hay en mí. Mira que te lo dije.

© Fotografía: Carretera de noche, Juan de Sande.



6 Responses to “El último autobús”


  1. 1 Seth Fortuyn 15 junio, 2008 a las 2:36 am

    ¿Sabes? Me ha encantado. No es sólo lo exquisito de la narración (me siento un poco idiota por usar la palabra exquisito, es algo repipi, o esa es mi impresión), sino la fluidez y lo que se cuenta.
    Hala, ya has conseguido que me quede, ¿contenta? Y pensar que hace 4 años, cuando empecé en esto, no había tantos blogs que merecieran la pena..

  2. 2 Mameluco 15 junio, 2008 a las 4:09 am

    Yo, sésil, comprendo el universo como un coral. Comprendo, comprendo.
    Seguiré las estaciones del camino. La últimas paradas. Sus últimas paradas. Si los astros se alinean seremos compañeros del viaje incierto por capítulos indeterminados. Yo, sin salir de mi cubil veraniego, viajaré a la Antártida a base de juntar vocales y consonantes, ¿sabe? y hasta aquí puedo leer.
    Bueno, pero antes me enfrentaré a las oposiciones que no son molinos, sino gigantes. Y a posteriori me iré físicamente a Bilbao, o eso entra en mis planes.

    Usted escribirá una buena novela. Yo, con una regular, me conformo.

    Un abrazo mameluco.

  3. 3 Ana Chévere 17 junio, 2008 a las 10:55 pm

    Contentísima, SETH. Y algo sonrojada también, pero feliz.🙂

    MAMELUCO, me ha hecho ir al diccionario, ¡geólogo tenía que ser!
    Gracias por venirse conmigo de viaje. Le tomo la palabra…

  4. 4 Mameluco 18 junio, 2008 a las 2:46 am

    Ana, está usted nominada, mire mi blog. Si lo encuentra raro o infantil lo comprenderé, pero a mi me divierten estas cosas… y más para relajarme de la presión opositora…

    Un saludo.

    PD: Lo malo es que mis peleles son el establishment de la Consejería de Educación… Y lo tienen todo atado y bien atado… sueño por las noches con el examen y llegar a él. Quiero que esto pase ya. ¡Ay!

    Sésil, que bella palabra…

  5. 5 popotitos 18 mayo, 2010 a las 3:50 am

    es lo mas bello que he leeido….

    pero esta noche ni yo soy yo, ni el autobús es un autobús… UN CAMBIO… justo lo que me pasa… espero que sea para siempre…

    Un saludo desde Mexico

  6. 6 Ana Echeverría 24 octubre, 2010 a las 10:22 pm

    Hola Popotitos,

    tengo este blog abandonado y no leí tu comentario de mayo. Siento responder tan tarde. Muchas gracias por tus palabras, me hace ilusión que te haya gustado. Espero que ese cambio del que hablas haya sido para bien. Cuando el cuerpo nos pide cambiar, suelen serlo.

    Un abrazo y gracias por pasarte por aquí🙂


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